VENDREDI SOIR

Vendredi soir, Clarie Denis (2002)

VIERNES NOCHE, SÁBADO POR LA MAÑANA

No hay ruido peor que las palabras cuando no se las necesita. Laure y Jean se encuentran en el caos de una ciudad paralizada por una huelga de transporte. Entre el murmullo del tráfico, Claire Denis nos presenta una historia de amor condensada y silenciosa.

Vendredi Soir surge de una pequeña novela de Emmanuèle Bernheim y de la voluntad de Denis de no contaminar en forma alguna el relato. De ahí la ausencia casi total de diálogos. La propuesta de la directora francesa era realizar una traducción fiel en imágenes de una historia de sensaciones narrada en palabras. Sin embargo, no se trataba tanto de una obsesión por no explicar lo que sencillamente debe verse como de una obviedad: en la novela apenas hay diálogos.

Claire Denis cambia las palabras por gestos, las intenciones por miradas, el deseo por planos detalle y los pensamientos por imágenes superpuestas. Vendredi Soir es un pequeño espacio, es un hombre y es una mujer. Y a ellos nos aproximamos con una mirada esquiva, descompuesta; una mirada que se posa fugazmente de detalle en detalle y que evoca todos los sentidos, del olfato al tacto.

Vendredi Soir se ve desde la primera fila. No hay nada que la fotografía quiera esconder. La piel de los amantes desborda la pantalla, los protagonistas nos prestan literalmente sus miradas. Plano subjetivo y mirada externa se alternan para que nosotros estemos en ese coche, en ese restaurante, en ese hotel. Erotismo y frialdad conviven en una extraña armonía que desliza como por inercia durante la película.

En un primer contacto, podría acusarse a la cinta de poseer pocos elementos narrativos. Sin embargo, y a pesar de la quietud de las acciones, el tiempo se muestra condensado y los incidentes aparecen fragmentados. Siempre pasa algo, pese a cierta voluntad contemplativa.

Denis no juzga a sus personajes ni trata de psicoanalizarlos. La historia está en presente, sin importar otros tiempos: el pasado no es relevante y el futuro no se menciona. No se necesita profundizar en Laure (Valérie Lemercier) más de lo que ya se ha hecho. Conocemos de ella lo suficiente como para adoptar su mirada y nada más. Mucho menos sabemos o debemos saber de Jean (Vincent Lindon), que a veces parece un héroe de Godard, con su cigarro siempre colgando en los labios, y otras se muestra como un hombre sensato. En definitiva, lo conocemos tanto como Laure, y lo que podamos imaginar sobre él es a través de las fantasías de aquella, que se cuelan en el relato sin previo aviso.

No existe la voluntad de manipular a los personajes a favor de unos fines concretos y supremos. De hecho, Lindon y Lemercier son parte constitutiva de la película y sus opiniones han sido decisivas en el resultado. Lindon, por ejemplo, cambió el nombre de su personaje por el odio intrínseco que sentía por el nombre original, Frédéric. De ellos también fue la decisión de suprimir algunos de los pocos diálogos, por considerar que no encajaban en la actitud de sus personajes.

Entre todos (Lindon, Lemercier, Bernheim y el co-guionista Fargeau, en la retaguardia de Denis) han dado vida a un relato de símbolos sutiles. Se ha resumido una historia de amor en una sola noche, y ésta a su vez en una hora y media de imágenes. Vendredi Soir configura un microcosmos con significación propia, no queda momento libre de sensaciones. Cada instante contiene un sentido tan desmesurado que puede resultar invisible si no se presta atención.

Una vez asimilada la película, resulta evidente que los diálogos directamente no cabrían, serían un gran estorbo. En un primer borrador del guión, Claire Denis planeó acompañar las imágenes de una voz en off narrativa. Menos mal que no lo hizo.

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